La Correspondencia de España, 22
de noviembre de 1920
ANTE UN CONFLICTO
EL PROBLEMA DE LA PRENSA
No hay ninguna industria que
proporcionalmente a su capital dé medios de vida a tantas familias como la de
editar periódicos, ni ninguna que dé al vendedor de sus productos tan grande
comisión.
Un periódico que tire solamente 50.000 números reparte cada día 1.500 pesetas a
los vendedores y sostiene entre redactores, empleados de administración,
tipógrafos, estereotipadores, maquinistas, operarios de cierre, ordenanzas y
repartidores a más de doscientas personas. ¿Qué industria hay que pueda decir
otro tanto?.
A partir de enero próximo se
presenta un problema pavoroso, y quienes dirigimos periódicos tenemos el deber
moral de defender su vida, no por móviles egoístas, sino para impedir que
cuantos viven de la industria periodística se encuentren sin trabajo. He dicho
que no nos mueve ningún móvil egoísta, pues los menos perjudicados por la
desaparición de los periódicos serán sus directores, ya que no les será difícil
encontrar otras colocaciones que acaso les abran horizontes más amplios que los
ofrecidos por una profesión para la cual no hay hora de descanso ni día de
libertad. De mí sé decir que si dedicase mi actividad a cualquier otra
profesión liberal y en ella trabajase las catorce o diez seis horas que dedico
a la labor periodística, seguramente obtendría ingresos mucho mayores sin
tantos sinsabores ni quebraderos de cabeza.
No se trata de defender un negocio. Se trata de impedir que los diarios no puedan vivir y queden en la calle centenares de familias. Nosotros, los directores, podremos dedicarnos fácilmente a otros trabajos; pero el resto del personal tropezará con grandes dificultades para encontrar colocación.
Mírese por donde se mire, no
hay más que un camino: la reducción del tamaño de los periódicos, la
disminución de sus gastos y el aumento de sus ingresos, suprimiendo además una
parte del personal para que pueda vivir la mayoría. El sacrificio será
doloroso; pero como es inevitable, no habrá más remedio que realizarlo a título
de mal menor, por ser preferible que queden sin trabajo diez que ciento.
Ningún diario podrá soportar un
gasto de papel efectivo superior a cuatro céntimos en número, y aun así será su
vida muy difícil. Los ejemplares son vendidos a siete céntimos; pero con la
vuelta, las roturas de papel y el papel que se inutiliza al cargar y descargar
las bobinas, son vendidos en realidad a seis céntimos. Los dos céntimos de
beneficio en la venta son 1.000 pesetas para cada 50.000 números, y calculando
un ingreso neto de 1.000 pesetas por publicidad, se llega a 2.000 pesetas
diarias. Por escaso que sea el presupuesto de un diario que tire 50.000
ejemplares, asciende, aparte el papel, a más de 2.000 pesetas diarias. Claro es
que hablo de los diarios que pagan a sus redactores.
En estos términos planteado el
problema, claro es que no podrá vivir, a menos de estar subvencionado por
poderosas empresas, o de dedicarse al merodeo, ningún periódico que tenga más
de cuatro céntimos de papel y tire 50.000 ejemplares, que es el tipo corriente
en España.
Francia nos da el ejemplo. Allí se
han dividido los periódicos en tres grandes grupos. Los políticos, se publican
con una sola hoja y se venden a 15 céntimos. Los ilustrados, como “Excelsior”,
publican, alternativamente 4 páginas o 6 y se venden a 20 céntimos. Los de
información, tipo “Le Journal”, publican 4 páginas, y se venden a 15 céntimos.
Todos, publican solo 2 páginas de texto y 2 de anuncios y reclamos.
Si París con ser Paris puede tener
periódicos con sólo 4 páginas y 2 de texto, ¿Cómo no ha de poder tenerlos
Madrid? Lo que sucede es que en Francia no se publican las tonterías que
aquí publicamos, convirtiendo los diarios en gacetas para comadres o en
folletos de divulgación científica. Insertan únicamente noticias de interés
general, condensándolas todo lo posible, y jamás llevan a sus columnas asuntos
que en realidad son minucias sin interés ni importancia.
O transformarse o morir. Ese es el
dilema, sin que de él se salven más que aparentemente ni siquiera los diarios
que viven del dinero político o industrial, que tarde o temprano se acabará,
pues las industrias y los amigos políticos de tal o de cual personaje se
cansarán de gastar millones por los siglos de los siglos.
Otro aspecto es el de la
publicidad. En Francia cuesta una línea en cuarta plana hasta 20 francos y la
línea de reclamos 100. Media columna vale allí más que toda la publicidad de un
periódico español ¡¡¡ y paga el publico 15 y 20 céntimos por 4 páginas!!! ¿Como
hemos de dar aquí doble número de páginas por 10 céntimos al mismo tiempo que
cobramos la línea de publicidad a 50 céntimos? Allí no publica jamás la prensa
noticias de bodas, de bautizos, de fallecimientos, de reuniones, sin cobrarlas
a precios carísimos, y aquí en cambio publicamos todo de balde, sin que jamás
sea ni agradecido con unas líneas de gracias. Y por añadidura aun nos
desprecian algunos a quienes si les pasásemos la cuenta nos deberían miles y
miles de pesetas por la publicidad gratuita que les hemos hecho durante largos
años.
Esta y no otra es la realidad. Es
la prensa española la más desinteresada de todo el Mundo, y los periodistas
españoles los más combatidos de la Tierra, aun cuando su vida no sea otra cosa
que una consagración al servicio de los demás, encumbrando a diario a necios y
a majaderos que sin prensa no serían conocidos más que en sus respectivos
domicilios.
Tenemos el deber moral de defender
la vida de cuantos en la prensa tienen sus medios de vida, y yo me permito
invitar a todos, como director del diario decano de Madrid, a que depongan
apasionamientos de orden político y diferencias de orden privado para llegar a
una fórmula que salve a los periódicos del peligro de muerte en que se
encuentran y aseguren la vida a los centenares de familias, acaso millares, que
de la prensa viven con su honrado trabajo.
LEOPOLDO ROMEO

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