Desde Melilla: una crónica directa del frente (1909)

 

    En agosto de 1909, Leopoldo Romeo


envía desde Melilla una extensa crónica que permite comprender con gran viveza la realidad del frente. Lejos de centrarse únicamente en los combates, describe con detalle las condiciones en las que se desarrolla la campaña, comenzando por un violento temporal de viento y arena que convierte la vida en la plaza en una situación casi insoportable. Las nubes de polvo invaden todo, desde los campamentos hasta las viviendas, obligando a cerrar puertas y ventanas, mientras los soldados, para poder resistir, se ven obligados a comprar gafas y protegerse como pueden de un enemigo invisible pero constante.

    El relato transmite una sensación de incomodidad permanente. El viento azota con tal fuerza que llega a romper mástiles de buques en el puerto, dificulta el transporte de provisiones y obliga a reforzar las tiendas de campaña para evitar que sean arrastradas. Incluso las pequeñas embarcaciones tienen serias dificultades para maniobrar, y la preocupación alcanza también al vapor “Sirena”, cuya tardanza inquieta al propio Romeo.

    Pero la crónica no se limita a describir el entorno. Romeo introduce observaciones críticas y propuestas prácticas, señalando problemas concretos del Ejército y sugiriendo soluciones. Insiste en la necesidad de permitir el uso del “salacot” para proteger a los oficiales del sol, propone el envío de ropa para los heridos y plantea la utilización de automóviles para mejorar el transporte de suministros, órdenes y evacuaciones. A ello añade la necesidad de lanchas de vapor para facilitar los desembarcos y la urgencia de mejorar el abastecimiento de carbón, mostrando una visión muy clara de las carencias logísticas.

    Uno de los aspectos más interesantes del texto es el contacto directo con la población local. Romeo relata un encuentro con miembros de una kabila, con quienes establece conversación respetando sus costumbres y creencias. Gracias a esa actitud, logra ganarse su confianza y obtener información relevante. Sus interlocutores expresan su deseo de paz y su disposición a colaborar con España, cansados de los conflictos internos y atraídos por la posibilidad de estabilidad y prosperidad bajo protección extranjera. Este testimonio aporta una perspectiva poco habitual, alejada del enfoque exclusivamente militar.

    El artículo también refleja una mirada más amplia, casi estratégica. Romeo muestra interés por la presencia francesa en la región y planea una excursión para estudiar de primera mano cómo se está produciendo la penetración de Francia en el territorio marroquí. Esta intención revela una comprensión del conflicto que va más allá del presente inmediato, conectándolo con el contexto internacional.

    En conjunto, la crónica presenta un periodismo directo, implicado y analítico. No se limita a narrar hechos, sino que interpreta, propone y observa desde el terreno, ofreciendo una visión completa de la situación. Es un ejemplo claro de cómo, a comienzos del siglo XX, algunos periodistas ya practicaban una forma de información muy cercana a lo que hoy se considera corresponsalía moderna.

Días después, una de sus propuestas tuvo una respuesta inmediata. La Marquesa de Esquilache, tras leer el artículo de Leopoldo Romeo, adquirió las existencias disponibles en Madrid y encargó al extranjero el envío de miles de gafas destinadas a los soldados en Melilla, materializando así una iniciativa surgida directamente desde el frente.

A continuación, el texto completo del artículo original (1909):

La Correspondencia de España, 17 de agosto de 1909

Desde Melilla

El día de ayer

(CABLEGRAMAS DE NUESTRO DIRECTOR)

 

MELILLA. (Lunes, noche.) El temporal reinante es de lo más molesto que os podéis imaginar.

Los efectos del vendaval, de todo punto insoportables.

Nubes de arena cubren la plaza, el campo exterior y los campamentos.

Hacen un gran negocio los vendedores de gafas.

Los soldados acuden a adquirirlas, porque prefieren gastar unas monedas à cegar.

Parece hoy Melilla una enorme ciudad de cegatos.

Nunca habrá podido emplearse con tanta propiedad como hoy en esta plaza la frase gráfica de que «se masca el polvo».

El viento azota con furia loca.

Tales son sus ímpetus, que parte los palos de los vapores que en el puerto se encuentran.

La draga ha tenido que regresar de Mar Chica, abandonando el trabajo emprendido.

El convoy que, como de costumbre, salió de la plaza hoy para llevar nuevas provisiones a los puestos avanzados, ha hecho su marcha entre nubes de arena, que constituían un enemigo más molesto aún que los kabileños armados, porque se le tenía más cerca y no había medio de rechazarle.

Muy singular es el espectáculo que los campamentos presentan.

Los soldados dedicanse a colocar en las tiendas amarras más seguras, temerosos de que el huracán las arrebate, como con muchas ha hecho.

En la plaza hay que cerrar herméticamente puertas, balcones y ventanas, porque las habitaciones y los muebles, a poco descuido que se tenga, se cubren de arena.

Aun poniendo el cuidado que digo, no se libran las casas de que por las rendijas se deslicen impetuosas las cegadoras nubes.

En el puerto, la marinería tiene que realizar esfuerzos realmente titánicos para llegar, con las pequeñas barcas, desde los cruceros a tierra.

Del vapor «Guillermo Ruiz» ha arrancado el vendaval completamente el palo mayor.

No es extraño, pues la fuerza del huracán es tan terrible que corta los palos de los buques como si fuesen débiles cañas.

A las seis de la tarde no había regresado aún a este puerto el vapor “Sirena”.

La tardanza me tiene intranquilo, por el temor de que le haya pasado algo a causa de este violento temporal.

Me queda la esperanza de que haya logrado arribar a algún refugio seguro.

No sé si nuestro compañero Guillermo Ritwagen os habrá cablegrafiado desde Alhucemas o desde algún otro punto. Aquí no ha llegado de él ninguna noticia

Pasando a otros puntos, declaro que he oído lamentarse a muchos jefes y oficiales de este Ejército de operaciones por el hecho de que no les sea posible usar a toda hora el «salakof».

 Su lamentación es fundada. La gorra no les resguarda de los furores del sol. Y cuenta que al presente es aquí el sol uno de los más irresistibles enemigos.

Yo creo que el ministro de la Guerra prestaría un excelente servicio a los jefes y oficiales que están en campaña, autorizándoles, por medio de una real orden, a usar el «salakof», siempre y cuando lo tengan por conveniente... que sí lo tendrán por conveniente a toda hora, si se les autoriza.

Tanto, que de hacerlo así el ministro, caerán sobre su cabeza muchas bendiciones. Tantas como maldiciones lanzan ahora al astro rey de las esferas los que pasan por el trance de padecerlo... sin «salakof».

Otra recomendación.

Esta es para las damas españolas que tan bien dispuestas están a hacer a nuestros soldados mas llevaderos los rigores de la campaña.

Harán nuestras mujeres una obra positivamente practica-con honores, al mismo tiempo, de santa obra- enviando a Melilla sabanas, camisas, camisetas, calzoncillo, alpargatas y trajes de rayadillo, para las mudas de los heridos.

El general del Real, a quien hace pocos momentos he manifestado mi propósito de dirigir esta excitación a las nobles mujeres españolas, ha expresado su asentamiento con estas palabras:

-Sí, querido Romeo; eso sería muy práctico y facilitaría grandemente las tareas que pesan ahora sobre los hospitales.

Lanzada está la voz. Yo estoy seguro de que a las mujeres españolas ha de bastarles con esta indicación mía para poner inmediatamente manos a la obra.

También harían muy buena obra al Ejército de operaciones -que es tanto como hacer una buena obra á la Patria- aquellos acaudalados señores que se decidieran a poner sus automóviles al servicio del general Marina, pues esos vehículos serían un maravilloso auxiliar en muchos sentidos: para transporte de municiones y víveres, para la rápida transmisión de órdenes, para el más satisfactorio traslado de enfermos y heridos, etcétera.

Yo aseguro a los potentados que quieran oírme que el día en que nuestro Ejército del Rif disponga de unos cuantos más, mejor-camiones automóviles, habremos dado un paso excelente en el camino de la buena marcha de los servicios.

No menos urgente y necesario considero el envío de diez o doce lanchas de vapor, para utilizarlas en el servicio de remolques, lo cual facilitaría extraordinariamente los desembarcos.

El Gobierno, además, debe apresurarse al establecimiento de un buen depósito de carbón. Hace mucha falta ese acuerdo.

Y debe asimismo cuidarse de fletar, cuanto antes le sea posible, cuatro buenos barcos de vapor, pequeños, de 150 toneladas, para cruzar la costa de noche y día y evitar el contrabando.

Haciéndolo así, se ahorraría mucho en carbón, teniendo en cuenta que lo que en carbón gasta un cañonero en el espacio de una semana es lo que durante un mes importaría el flete de uno de los indicados vapores.

Además, hay que fijarse en que dichos vapores, por su poco calado, pueden entrar en sitios que están vedados a los torpederos por su mayor porte.

Me ha parecido conveniente hacer las indicaciones que anotadas quedan, ya que no es posible hoy hablar de otra cosa, pues nada ocurre aquí de nuevo al presente -nubes de arena aparte--y la tranquilidad sigue imperando.

Ya metidos en la pendiente de las peticiones, y para terminar, vamos con otra.

Buena obra seria también la de enviar a Melilla 20.000 gafas, como las que usan los automovilistas, de cristales muy blancos.

Es el único medio de que los soldados puedan ver en días de viento tan formidable como el de hoy.

Y esos días son aquí unos 120 al año.

Sería, repito, una buena obra.

De no saber las múltiples atenciones patrióticas que en la actualidad pesan sobre la señora marquesa de Squilache, yo me atrevería a brindar esta última parte de mis notas a tan ilustre cuanto españolísima dama.

Llegada de moros notables.

MELILLA. (Martes, mañana.) Llegaron ayer a este campamento de Melilla los moros Hamad Ben Bu Sfia, Mohamed Ben Bu Sfia, hijos del kaid Bu Sfia, jefe principal de la kabila de Quebdana, acompañados de Ben Abdallah Mechdu.

Los tres son arrogantes ejemplares del tipo moro, muy simpáticos y de trato muy agradable.

Suponiendo yo, por ciertos datos que tenía, que podrían traer noticias interesantes, híceme presentar a ellos, entablé conversación por medio de un intérprete de confianza, y durante la comida que siguió a nuestro encuentro, y que duró tres horas, de ocho a once de la noche, refiriéronme cosas de verdadero interés.

El que trata a los moros con afecto, respetando sus usos y costumbres y no censurando sus creencias, lleva mucho adelantado para ganar sus simpatías y captarse su confianza.

El almuerzo.

Cuando vieron que yo les daba de comer patatas fritas, huevos, pescados y frutas, sin que en la comida con que les obsequié entrase nada absolutamente de lo prohibido por el Koran, dijéronme que yo era el primer cristiano que les había dado comida a propósito y conforme a su religión y creencias.

Cuando yo les enseñe la carta pasaporte que hace años me dio, por mediación de Abderramán Ben el Bugadi, el sherif de Wazzán, pasaporte que siempre llevo conmigo en la cartera, quedáronse admirados, extremaron sus manifestaciones de afecto diciéndome que esa carta me hacía para ellos amigo sagrado y que, por consiguiente, no me mentirían en nada de cuánto me dijeran.

Invitación amistosa.

Invitáronme además a ir a su casa, situada a veinte kilómetros Sur de la Restinga, en las montañas de Quebdana, para visitar a su padre, ofreciéndome que sus seis hermanos y toda su kabila vendrían por mí el martes próximo para acompañarme hasta allí.

Entre grandes manifestaciones de afecto me dijeron, al parecer llenos de buena fe, que ellos quieren ser amigos de España, pues la kabila de Quebdana está ya cansada y ha recibido muchos perjuicios de las luchas civiles y sangrientas entre los partidarios del Roghi, los de Abdelaziz y los de Muley Hafid, y se han convencido de que dicha kabila de Quebdana puede ser rica y poderosa con la protección de España, como son las de Beni Snassen y Ulad Nansur con la protección de Francia.

«Queremos paz - dicen, - paz continua y perfecta, que nos permita vivir tranquilos para labrar nuestros campos y criar nuestros ganados, que constituyen nuestra fuerza y riqueza, y para conseguir esto nos hallamos dispuestos en absoluto a ayudar con todas nuestras fuerzas a España.»

Familia patriarcal

«Nuestro padre Bu Sfia-siguen diciendo los de Quebdana- tiene ya más de setenta años, y sus seis hijos, todos de una sola mujer, estamos completamente unidos, nos queremos entrañablemente y pensamos del mismo modo, deseando todos servir a España.»

Propagandistas contra España.

«Al principio de la lucha llegaron a nuestra kabila algunos emisarios de los Guelayas y engañaron a unos cuantos de los nuestros- prosiguen los moros de Quebdana,- diciéndoles que en la guerra con España podrían obtener gran botín, especialmente en caballos, mulas y armas, sin contar las grande cantidades de dinero, y por esto muchos de los engañados estuvieron en el Gurugú peleando contra los españoles.

Pero allí, según nos han referido a la vuelta, sólo encontraron mucho fuego de cañón, muchas balas de mauser y muchos golpes de bayoneta.

Veinte de ellos murieron, 28 regresaron heridos y otros 118, que volvieron sanos, aunque maltrechos, llegaron dispuestos a no volver a correr más aventuras, pues según nos dijeron con exageradas exclamaciones no encontraron mulas, ni dinero, sino metralla.

No quieren guerra.

Hoy no hay un sólo quebdanní que sea partidario de la guerra ni que esté dispuesto a incorporarse a la harka.

Añaden los quebdaníes que han regresado del campo que toda la explanada de Zeluán está absolutamente, tranquila y creen que hasta dicho punto no ha de haber cuidado ni temor alguno, pues los enemigos no comienzan a dejarse ver hasta las estribaciones de las kabilas de Beni Bu Ifrur y Ulad.

No es exacto que los moros de estas kabilas, ni la de Guelaya tengan ningún prisionero español, pues sólo cogieron en los días de los combates algunos muertos, entre ellos cuatro oficiales, uno de los cuales llevaba en el bolsillo una cartera con muchos billetes de mil pesetas y muchas sortijas:

Lucía este oficial estrellas de capitán.

Los soldados y oficiales muertos fueron colocados en una cañada del Gurugú, que mira hacia Nador, ya casi en la falda del monte.

Los objetos, que para los aprehensores no tenían valor alguno, fueron vendidos en los zocos de El Harka y. de Zelata.

Un francés que llegó al campamento rifeño con propósito de enterarse de si estaba prisionero un oficial, pasó por Québdana y llevaba cartas para el Chaldy y para Mizián.

Pasó por nuestra kabila el domingo antepasado y regresó el sábado último, confirmándonos estas noticias.

Situación del enemigo.

Los moros Mizian y Chaidy se hallaban en aquella fecha (cuando pasó por allí el súbdito francés), en Beni Bu Ifrur, donde se ha concertado la harka, quedando en las laderas del Gurugú que miran a Melilla unos ochocientos moros solamente.

El resto de toda la fuerza, que está al otro lado del monte, asciende a unos once o doce mil moros.

La organización francesa.

Los hermanos Bu Sfia me explicaron detalladamente la organización de las fuerzas francesas en la kabila de Beni Snassen.

Hay allí un comandante y un oficial, los cuales han creado una policía indígena muy diestra y disciplinada, mandada por un jefe, especie de general o gobernador moro, el cual tiene a sus órdenes un caíd con cuarenta askaris o goumiers por cada fracción o tribu.

La remuneración que reciben estos soldados moros es de veinte a veintiocho duros los caides y ciento el general.

-Beni Snassen es ya francés-me dicen mis interlocutores, -y toda la orilla derecha del Muluya está tan tranquila que puedes andar por todas las kabilas lo mismo de noche que de día, sin temor de ninguna especie a la más ligera agresión, pues el Majzén francés lo tiene todo perfectamente vigilado.

Deseos de los quebdanas.

Esta es nuestra aspiración-añaden los moros. -Queremos vivir al amparo de España, como viven los de Beni Snassen bajo el apoyo de los franceses, pudiendo sembrar, hacer nuestra recolección y estar tranquilos, sin temor a la guerra, y realizar nuestras expediciones sin necesidad de apelar a las armas.

Por eso deseamos que España nos ampare y nos acoja y sostenga como amigos.

 Cuando les pregunto si podremos hacer la expedición que me proponen, me contestan dándose golpes en el pecho y señalándose al cuello, que antes les cortarán á ellos la cabeza que sucederme a mi ningún perjuicio, pues «cuando moro dice ven casa mía, no engaña».

Pregunté nuevamente y con insistencia si el afecto que dicen profesar á España es sincero, y me contestaron textualmente:

«Mira: Roghi antes y Chaldy ahora, roban todo ganado y cosechas; España no robará como ellos, y somos amigos porque nos conviene mucho. Y por eso dispuestos estamos a tirar con fusilería contra los Guelayas si vienen a provocarnos como hace veinte días:»

Despedida.

Cuando ya tarde nos despedimos, me repitieron los de Quebdana con insistencia que no falte el martes en modo alguno; pero confieso francamente que la excursión no me seduce, pues nada tiene de extraordinaria, ni se presta a ninguna información de interés.

Excursión interesante.

En cambio, preparo otra excursión mucho más interesante, que tendrá por objeto estudiar cómo penetra Francia en el territorio marroquí.

Iré a Port Say, y desde allí, haciendo unos 6o kilómetros, recorreré todo el Muluya, para volver a la Restinga por Quebdana, o sea, salir por casa de Bu Sfía en vez de entrar por ella.

No se puede hablar.

De Melilla no se puede decir casi nada, y lo que puede decirse no merece la pena de hacer ningún sacrificio de trabajo, ni de dinero para transmitirlo.

Fuentes

  • La Correspondencia de España, 17 de agosto de 1909
  • Prensa Histórica (Ministerio de Cultura de España)

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